martes, 29 de enero de 2013

GLASGOW (@Borinotman)


Joanne salió de su casa, alarmada por el haz de luz que brillaba en mitad del campo. En el establo, las vacas se movían inquietas, mugían con temor. Su caballo, Macbooq, daba coces fuera de si. No había para menos, la granja de Joanne, perdida en las afueras de Glasgow, en mitad de la fría pradera de Escocia, a mitad de camino entre Torrance y Strathblane, estaba siendo visitada por extraterrestres. Alienígenas. Humanoides de más allá del Sol. Bueno, quizá no eran de más allá del Sol, eso fue una presumpción precipitada que tomó Joanne. Simplemente parecía fácil pensar que aquella nave era de un lugar más lejano que el Sol, ya que ella veía el Sol cada día y esa nave era la primera vez que la veía. Al fin y al cabo, ¿de quién vas a tener más miedo? ¿De alguien que viene de la Luna o de alguien que viene de tres galaxias más allá? No sé, es un tema que da que pensar. Podría iniciat aquí y ahora un debate conmigo mismo y creedme que sería de lo más interesante. Pero no nos desviemos. Joanne, la granja, la nave, el haz de luz y Escocia.

La muchacha, pelirroja, iba cubierta únicamente por su camisón (lencería de la buena, regalo de un turista ruso, muy interesado en apropiarse de su valle, de ambos) y armada con un tridente. Su pálida piel y el viento helado del norte le daban una apariencia de lo más fantasmagórica (con su punto erótico, macabro, morboso). Iluminada por la luz que proyectaba esa nave foránea, miraba desafiante al cielo, esperando a los visitantes para echarles a patadas de su propiedad. Pronto, una silueta difusa empezó a dibujarse delante de la escocesa, a nivel del suelo. La silueta se fue definiendo hasta que Joanne fue capaz de distinguir a la perfección los esperpénticos rasgos de aquel ser. El iris azul de sus ojos se redujo, presionado por las pupilas, dilatadas cual ojete visitado por Nacho Vidal. Vestido en un traje de astronauta de un pretencioso color dorado, el exraterrestre mostraba una figura completamente humana, a excepción de su cabeza: era un enorme y rosado glande masculino.

La diosa celta dejó caer al suelo su rudimentaria arma y dio unos pasos atrás, sorprendida. El glande andante se acercó a ella, y la agarró del brazo con fuerza. Emitió una vibración extraña y empezó a lubricarse la coronilla. Joanne, paralizada, se rindió a los brazos de aquella criatura. Ambos terminaron en la cama de la pelirroja, completando el primero de muchos pasos del proceso de hermandad entre planetas. En ningún momento nada de lo que cada uno descubrió en el cuerpo del otro (al fin y al cabo, para el recién llegado el cuerpo de Joanne era tan extraño y abominable como el suyo para ella) puso freno a aquella unión. Todo era perfecto para crear una sólida base en la amistad que uniría estas dos espécies. La propia Escocia parecía aportar un poco de su magia, sonando los violines, bailando los banjos, danzando los gritos de guerra de los antiguos celtas. En ningún lugar del mundo (ni en este ni en aquel) se registró una sola defunción durante el acto sexual de los que fueron protagonistas Joanne y el hombre-glande. El universo dio el visto bueno. El universo fue la casamentera. El universo era la amiga con la casa vacía que pasó la noche en casa de sus primos. Todo era perfecto.

Boris

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