Bernadette y su moño rubio estaban de pie en la entrada de la immensa biblioteca. En el piso en el que se encontraba había un montón de mesas llenas de gafapastas leyendo muy fuerte a Tolstoi. Había uno leyendo a Baudelaire con boina, el muy maricón. Bernadette cruzó la sala de estudio ante la atenta mirada de los lectores, que resoplaban al oír sus tacones. Resoplaban audiblemente. Sus resoplos tapaban las pisadas de Bernadette. Esta, ignorándoles, llegó a las escaleras y subió al piso de arriba (ya que en términos físicos no puedes subir al piso de abajo). Estanterías llenas de libros la envolvían. Le vino a la mente una imágen de su abuela, sin saber muy bien por qué. La chica cruzó esta sala también hasta que llegó frente unas escaleras de caracol muy deterioradas, con un cartel muy visible en el que se podía leer "NO PASAR" en tres o cuatro idiomas. Obviando el aviso, la muchacha subió con cuidado. Los escalones crujían a su paso. Uno incluso soltó un tímido "AY". Arriba le esperaba de nuevo una sala llena de estanterías, pero estaban vacías. En ellas solo había polvo y algunos libros rotos, papeles arrugados y chicles pegados. Menudo cliché, el chicle. Bernadette registró a fondo la sala, hasta que, entre unos papeles, debajo de una guía telefónica de 1874, encontró al fin lo que buscaba. Era un papel muy deteriorado, pero lo que allí había escrito tenía un valor incalculable. Simplemente, lo habían abandonado sin siquiera percatarse del crimen filológico que habían cometido. La rubia agarró el papel y se fue rápidamente.
Al llegar abajo, un segurata la esperaba, observándola con mirada inquisitiva. Bernadette no sabía lo que significaba inquisitiva, pero no tenía pinta de ser bueno.
- Señorita, no puede subir ahí, ¿es que no ve el cartel?
- Ay, es que no sé leer.
- ¿Qué hace en una biblioteca entonces?
- Eh... Pues también es verdad. Me voy.
Creyéndose libre, la chica andó rápidamente hacía las siguientes escaleras. Pero el guarda se percató de que algo andaba mal y le gritó, pidiéndole que parara. Bernadette, asustada, empezó a correr. El segurata la persiguió, sacando su walkie y llamando a todas las unidades. Todas las unidades (Bill, el cojo) le respondieron que se apañara solo, así que la rubia consiguió salir de la biblioteca. Fuera, al lado de la carretera, intentó parar un taxi.
- ¡TASIS! ¡TASIS! ¡TACSI! ¡PICSA!
Al grito de "¡PESI!" un taxi paró a su lado y ella subió, nerviosa y sudada, agarrando muy fuerte el papel.
- ¡Corra, siga a ese coche!
- ¿Cuál?
- Da igual, ¡uno al azar!
El taxi se alejó de la biblioteca, justo cuando el segurata salía por la puerta, sudando como un cerdo. Tras unas cuantas calles, Bernadette, sintiéndose segura, pidió al taxista que parara el auto.
- ¿Cuánto le debo?
El hombre se giró y la miró. En su mano llevaba un revólver western bastante intimidador. Le sonrió.
- Dame ese papel y quedamos en paz.
- No...
- ¡DÁMELO! O no saldrás con vida de este tasis.
La chica le acercó el papel y el hombre lo leyó. Esto es lo que allí había.
El taxista profirió un grito desgarrador, y aún con la boca abierta se metió dentro de ella el revólver y disparó muy rápido, para darle tiempo a pegarse hasta tres tiros antes de morir. Bernadette, llena de sangre, cogió el papel, lleno de sangre, de la mano llena de sangre del taxista, lleno de sangre, y salió de ese taxi lleno de sangre, para irse a su casa, donde no había sangre. En teoría...
Boris










